22

Sep

2014

A veces se necesita un naufragio para salir de la jaula del fracaso

Como todo el mundo, yo tengo mis días malos. Pero te puedo decir con sinceridad que no querría estar en ningún otro lugar, ni haciendo ninguna otra cosa. Me encanta pastorear la National Community Church. Me encanta vivir en Capitol Hill. Y oro por el privilegio de pastorear una sola iglesia en toda mi vida. Pero he aquí el resto de la historia. De no haber sido por un naufragio que se produjo en Chicago, yo nunca habría venido a parar a Washington DC.

Cuando estaba en el seminario, soñaba con fundar una iglesia en la zona de Chicago. Tanto mi esposa como yo, habíamos crecido en Naperville, un barrio residencial del oeste de la ciudad. A mí me encanta la pizza al estilo de Chicago. Y en aquel entonces, Michael Jordan todavía estaba jugando con los Chicago Bulls. ¿Por qué habría de querer mudarme a otro lugar? (Además del frío de treinta grados centígrados bajo cero durante el invierno, por supuesto). Yo creía que viviríamos allí por el resto de nuestra vida. Así que formamos un grupito, abrimos una cuenta de banco y escogimos nombre para la nueva iglesia. Hasta preparé un plan estratégico para veinticinco años.

Cuando recuerdo todo aquello, me pregunto si Dios no estaría riendo mientras yo estaba haciendo mis planes. Porque ni siquiera llegamos a tener nuestro primer servicio. Nuestros planes se deshicieron antes de que pudiéramos lograr que la iglesia comenzara a funcionar. En realidad, fue nuestro grupo central el que se deshizo. Fue durante una consejería de crisis con una de las parejas de ese grupo central donde comprendí que el sueño se estaba desplomando. Nuestro grupo central desapareció, y así desapareció también mi plan para veinticinco años. Ese intento fallido por fundar una iglesia sigue estando entre las temporadas más vergonzosas y desilusionantes de mi vida. Pero no la cambiaría por nada. Los fallos, cuando se los maneja de una manera inadecuada, pueden ser devastadores; pero cuando se los maneja como es debido, son lo mejor que nos puede suceder. Los fallos son los que nos enseñan las lecciones más valiosas. Impiden que nos atribuyamos el mérito por el éxito, o que demos por sentado que seguiremos triunfando en el futuro. Hacemos el importantísimo descubrimiento de que incluso cuando nos caemos de bruces al suelo, Dios está presente para levantarnos de nuevo. Además de todo esto, los fallos tienen su manera de abrirnos a otras opciones.

Cuando murió el sueño de fundar una iglesia en Chicago, yo estaba dispuesto a ir dondequiera que el Ave Salvaje me quisiera llevar. Y con sinceridad, ¡mientras más lejos de Chicago, mejor! Pero no estoy seguro de que hubiera estado abierto a la opción de mudarme al DC si mi barco de Chicago no hubiera naufragado. Aún tengo una gran cantidad de preguntas sin responder acerca de aquel intento de fundación. ¿Acaso era cierto que habíamos sido llamados a fundar aquella iglesia? ¿O fue que Dios planeó aquel fracaso? ¿Lo hicimos fuera del tiempo debido? ¿O fue mi ineptitud la que causó que se hundiera el barco? Tengo más preguntas que respuestas, pero de aquella experiencia salí con una nueva convicción: a veces hace falta un naufragio para llevarnos a donde Dios quiere que vayamos. Yo creo en la planificación. No planificar es planificar un fracaso. Pero cuando confiamos más en nuestros planes que en Dios, nuestros planes pueden impedir que lo busquemos a él y obedezcamos su voluntad. Y algunas veces, nuestros planes tienen que fracasar para que triunfen los planes de Dios. Los fallos (o lo que en el momento tiene el aspecto de un fallo) se pueden volver una jaula, si se lo permites. Pueden impedir que persigas las pasiones que Dios te ha puesto en el corazón. Pero hay vida después de los fallos. La puerta de la jaula se abre de par en par, y el Espíritu Santo te llama a una vida de nuevas aventuras. Entra en escena Pablo.

Hacia el final de su carrera misionera, Pablo iba de camino a Roma para comparecer ante el César y ser juzgado, cuando el barco en el que viajaba se hundió en el mar Mediterráneo.

No estoy exactamente seguro de lo que Pablo estaba pensando o sintiendo mientras el barco se fue a pique, pero tiene que haber sentido náuseas y ansiedad. La adrenalina debe haber estado moviéndose por su cuerpo en grandes cantidades mientras trataba de mantener la cabeza fuera del agua. Y tiene que haber estado emocional y físicamente exhausto cuando por fin pudo llegar a la orilla. Pero aun antes de que se hubiera secado, su día pasó de malo a peor.

Una vez a salvo, nos enteramos de que la isla se llamaba Malta. Los isleños nos trataron con toda clase de atenciones. Encendieron una fogata y nos invitaron a acercarnos, porque estaba lloviendo y hacía frío. Sucedió que Pablo recogió un montón de leña y la estaba echando al fuego, cuando una víbora que huía del calor se le prendió en la mano. Al ver la serpiente colgada de la mano de Pablo, los isleños se pusieron a comentar entre sí: «Sin duda este hombre es un asesino, pues aunque se salvó del mar, la justicia divina no va a consentir que siga con vida». (Hechos 28.1–4)

¡Vaya manera de redefinir lo que es un mal día! Con el naufragio habría bastado para clasificarlo como un mal día. Pero… ¿un naufragio y la mordida de una serpiente? Se trataba de un día terrible, horrible, muy malo, que no tenía nada de bueno. Si yo fuera el que estuviera escribiendo las reglas, un naufragio y una mordida de víbora en el mismo día le habría ganado a cualquiera una membresía permanente en el Club de la Mala Suerte.

Si yo hubiera sido Pablo, en ese mismo momento me habría dado por vencido. «Bueno, Dios mío. Si me iba a morder una serpiente venenosa, ¿por qué mejor no dejaste que me ahogara?». Pero Dios tiene su manera de convertir lo que parece mala suerte en un gran progreso. Él convierte los naufragios y las mordidas de víbora en sincronismos sobrenaturales que sirven de alguna manera a sus propósitos.

Pero Pablo sacudió la mano y la serpiente cayó en el fuego, y él no sufrió ningún daño. La gente esperaba que se hinchara o cayera muerto de repente, pero después
de esperar un buen rato y de ver que nada extraño le sucedía, cambiaron de parecer y decían que era un dios.

Cerca de allí había una finca que pertenecía a Publio, el funcionario principal de la isla. Éste nos recibió en su casa con amabilidad y nos hospedó durante tres días. El padre de Publio estaba en cama, enfermo con fiebre 
y disentería. Pablo entró a verlo y, después de orar, le impuso las manos y lo sanó. Como consecuencia de esto, los demás enfermos de la isla también acudían y eran sanados. Nos colmaron de muchas atenciones y nos proveyeron de todo lo necesario para el viaje. (Hechos 28.5–10)

Extracto del libro Tras el Rastro del Ave Salvaje, de Mark Batterson (ISBN 978-0-8297-6282-2) ©2013 por Editorial Vida.

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *