El camino oscuro de la tentación

La tentación se presenta sigilosa en la cotidianidad de la vida. Tanto, que presiento que ninguna de las historias abajo descritas serán novedad para ti.

No sé ni cómo empezó, quizá fue la sonrisa que me tomó de sorpresa. Le siguió la mirada furtiva, de esas que pretenden no verte, pero te ven. Luego, el roce ligero en el ascensor. No era nada malo, me hacía sentir bien. Al principio, me conformé con eso, pero luego quise más. Acepté la invitación a almorzar. Charlamos, y ya. Vino más tarde el trago en el bar y las cosas se dieron sin pensar. Estaba algo nerviosa y vacilé al pensar en su familia, sus hijos, su esposa, pero yo me sentía especial, feliz, y él también. Seguro que eso no estaba mal, ¿verdad?

Había bullicio y entretenimiento. Entre canción y canción alguien me ofreció una pastilla. Pensé en rechazarla, pero todos me estaban mirando. Debía integrarme o sufrir el rechazo de los demás. Supuse que hacerlo una vez no me iba a dañar. La palabra adicción pasó por mi cabeza, pero pronto la despejé con los gritos de aliento de las demás: “¡Atrévete!”. Eso me dio valor, y dije: “¡Qué más da!”, y la tomé. El mundo explotó con colores, me sentí bien, feliz, y no pensé más.

Últimamente he empezado una nueva estrategia. Nunca he estado contenta con mi peso y nada me funciona, pero amo el azúcar. Entonces, si estoy nerviosa, que pasa a menudo, como algo para evitar estresarme, aunque igual me estreso, y peor, subo de peso. Si estoy triste, siempre tengo algo dulce para contentarme, aunque después me siento pésima por habérmelo comido. El juego consiste en ver cuánto puedo aguantar sin comer algo dulce. Si logro pasar la semana sin comer nada así, indiferente de mi estado de ánimo, el fin de semana me premiaré con algo pequeño… mi voluntad será fuerte esta vez, puedo hacerlo.

De lo anterior puede haber más variantes, pero en general la tónica parece ser la misma. A veces lo que sentimos es solo una leve punzadita que nos insta a detenernos y mirar. Entra por los ojos, vemos algo, y crece de a poquito. Si nuestra visión es clara, en un parpadeo podemos caminar lejos de ella, pero si no, la oscuridad puede hacer presa de nosotros (Mt. 6:22-23). ¿Suena demasiado pesimista? En realidad, no lo es.

Porque la tentación es precisamente eso, un espejismo que se hace grande en nuestro interior. Una voz pequeñita que crece y que en un momento fugaz propone, aun sin decirlo, dejar de lado a Dios, haciéndonos creer que alguien o algo más podrá satisfacer plenamente nuestro corazón. Puede ser un hombre que te escucha y te pone atención de una manera que piensas que nadie más lo hará. Puede ser la pastilla o el trago para socializar y estar en onda con los demás. Puede ser el comer para tranquilizarte o consolarte, porque dentro de ti piensas que nada más lo hará.

Todo esto no es algo desconocido o único, aunque pensemos que sea así. 1 Corintios 10:13 nos dice: “No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres. Fiel es Dios, que no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que pueden soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que puedan resistirla”.

Desde Eva hasta hoy

Desde la Caída, cuando la serpiente le susurró a Eva que Dios no era quien ella pensaba, y Eva viró sus ojos a lo que le estaba prohibido, esta historia se ha dado más de una vez a lo largo de la vida de la humanidad.

Vemos lo que otros tienen y nosotros no. Lo que es más, vemos lo que nos está “prohibido”, y parece un desafío que tenemos que alcanzar. El deseo se incrementa, y mientras más pensamos en ello, la inquietud hace presa de nuestro corazón. Con ella, parece que viene el enojo y una zozobra constante que enceguece también a la razón.

Cuando sucumbimos al deseo, lo que promete se desvanece como espejismo.

En el libro El retrato de Dorian Grey, Lord Henry dice: “La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma”. Pero la verdad es que el deseo que llama a nuestra puerta no provoca la enfermedad. Más bien, un mundo que rechaza a Dios tiene ya el alma enferma. Los síntomas más claros se ven en la necesidad de prestar oído a las mentiras que reiteradamente nos prometen saciarnos. Y verdaderamente tenemos hambre, pero no de lo creado, sino del Creador. Y por eso, cuando sucumbimos al deseo, lo que promete se desvanece como espejismo, dejándonos aún peor.

Los ecos del discurso que instigó a Eva en el jardín del Edén continúan hoy en día, empujando y diciendo: “No seas tonta, toma lo que te que corresponde”. “Tú sola puedes lograrlo”. “No creas sino solo en ti”. “No seas arcaica, solo tus reglas importan”. “Te lo mereces”. Y muchas mentiras más. Y así, como moscas borrachas de azúcar, con los egos hinchados, caminamos hacia la trampa y agravamos nuestra aflicción. Porque en un mundo donde el pecado es la enfermedad, la tentación te susurra: “No confíes en Dios”.

Dios es fiel. Él es bueno en verdad, y no permitirá que seamos tentadas más allá de los que podamos soportar.

Para quienes estamos en Cristo, sin embargo, Dios promete una salida. La segunda parte del versículo en 1 Corintios 10:13 lo dice así. Primeramente recordándonos el carácter de Él: Dios es fiel. Él es bueno en verdad, y en esa fidelidad no permitirá que seamos tentadas más allá de los que podamos soportar. Luego añade que, aún dentro de la tentación, Él proveerá una salida para ti y para mí.

La promesa de Dios en este versículo tiene una profundidad extraordinaria. Primeramente porque denota no solo la fidelidad de Dios, sino también su permanencia. Aunque todo lo demás se esfume en el viento, Él no nos da su palabra y se retira. Más bien, en cada momento, Él está ahí. En su rol protector nos habla y nos cuida, y en la tentación está también con nosotros.

Con gran amor Dios envió a su Hijo para rescatarnos, y puesto que sabe de nuestra debilidad, no nos abandonará. Por eso debemos recordar quién es el Dios que adoramos. Sea cual sea el sebo del anzuelo que te tire el deseo, nunca será tan extraordinariamente verdadero y magnífico como Dios y su presencia.

Las tentaciones son pruebas nunca orquestadas por Él, pues Dios no nos tienta (Stg. 1:13). Más bien, Dios las permite en su soberanía para refinarnos, pues las pruebas producen en nosotras fe y paciencia, y al final traen un resultado perfecto (Stg. 1:3-4).

El ejemplo del desierto

Así como Jesús resistió las tentaciones en el desierto, es posible para ti y para mí salir victoriosas de las tentaciones. Porque antes de que nuestros ojos se nublen de deseo, podremos recordar en su Palabra que no solo de pan vive el hombre, sino de Dios (Mt. 4:4).

La respuesta de Jesús a Satanás en el desierto tiene gran significado. El deleite en la lectura y meditación de nuestra Biblia no es solo un privilegio, sino un imperativo que puede evitarnos caer. No te engañes, aun cuando la tentación tenga un rostro hermoso, o un oído presto a escucharte, no te saciará. No te equivoques, aunque al principio eso que buscas parezca un pececito inofensivo, crecerá y como la ballena con Jonás te tragará, dejándote en oscuridad. Mejor recuerda lo que tienes en Cristo, sáciate con su Palabra. Cierra tus ojos a lo pasajero, y ábrelos a la eternidad.

Jesús nos recuerda que no debemos poner a prueba a Dios. No seamos como niños desobedientes jugando con fuego a pesar de lo que les ha dicho papá. Créeme, te quemarás. Y sin embargo, por increíble que parezca, en su misericordia nos promete que aun allí no nos dejará.

En el transcurso de nuestra vida, las cicatrices de nuestros errores nos dolerán. Tardarán quizá mucho tiempo en sanar. Pero aun así Él nos dará una vía de escape para salir de la ballena y de la oscuridad. Entonces tendremos la oportunidad de reconocer nuestro error, arrepentirnos y ser restauradas en amor.

Entrenemos nuestros ojos a mirar con reverencia a Dios. Al recordar los atributos de Dios, no podremos más que orar. “¡Porque el Señor, el Altísimo… Rey grande es sobre toda la tierra” (Sal. 47:2). Cuando en nuestra altivez olvidamos esto y pensamos que nosotras somos las importantes de la historia, echemos mano del pasado y veamos las consecuencias de pensar así. En vez de actuar con altivez, no muevas tu mirada de Cristo, y no sueltes su mano en tu andar.

Cuando la tentación se arrastre sigilosa, como la serpiente queriéndote engañar, recuerda bien el tesoro que tienes en nuestro Señor, date la vuelta del espejismo que te invita a pecar, y sigue caminando en la bendición de un Dios de enorme majestad.

Escrito por Ellelein Kirk
Ellelein Kirk es esposa y madre de dos chicos geniales. Le encanta discipular y enseñar a mujeres a través de la Palabra escrita y por medio de charlas. Junto a su esposo plantaron la Iglesia Pablo Apóstol en Valparaiso, Chile y han sido misioneros en ese país desde el 2005. Son parte de la red Acts29 y su deseo es que más personas vivan, se deleiten y le den gloria a nuestro maravilloso Dios. Puedes encontrarla en iglesiavalpo.cl.

 
Fuente: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/camino-oscuro-la-tentacion/

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