9

Abr

2014

Mis pantalones mojados

Mis pantalones mojados dante gebel

 

Supongo que hay eventos de la niñez que nos marcan para el resto de nuestra vida.
Por alguna razón mis padres no me enviaron al jardín de infantes (kínder) así que mi debut en el colegio fue a los cinco años, directamente y sin escalas al primer grado.
Recuerdo ir sollozando de la mano de mi hermano; mi primera vez fuera de casa, lejos de mamá, con gente desconocida y una señora que se empecinaba en que la llamara “señorita”. Todos los demás niños parecían conocer las reglas de juego, todos habían estado un año antes en ese mismo colegio, excepto yo, en mi primer día, con solo cinco años.
Es un frío mediodía de Marzo de 1973, mi madre está muriendo de cáncer en casa, mi padre está siempre ausente, o ebrio, que es casi lo mismo; mi hermano de solo 11 años me está llevado al colegio, es mi primer fatídico día. Cuatro horas en un aula con una veintena de niños desconocidos. No se me ocurre que puedo ir al baño durante los recreos, y tampoco nadie me enseñó jamás que debo pedir permiso para ir. Así que, muerto de vergüenza, me orino en mi sillita. Mis pantalones chorrean, mis zapatos marrones acordonados están empapados y mi cara está tapada torpemente con mis pequeños brazos. Me quedo sentado allí, lo mas que puedo aguantar. Por fortuna, la maestra no se da cuenta del incidente, solo dice en voz alta desde la puerta: “Vamos pequeño! Tenemos que salir al patio para regresar a casa!”.

Ya son las cinco de la tarde, salgo afuera en medio de risitas burlonas, mi hermano me espera en la puerta, con sus amigos de 11 años. Lo que viene luego es lo que mas recuerdo. Vivimos a cuatro cuadras del colegio, y mi hermano, avergonzado por mis pantalones empapados, me hace caminar unos pocos pasos delante de el y sus amigos.
Detrás de mí, solo escucho las risas de los crueles niños que me observan y hacen todo tipo de bromas. Camino mirando el suelo, sin darme vuelta, estoy llorando en silencio, avergonzado.

Todavía no estoy consciente que los próximos cinco o seis años tendré serios problemas para hablar, como una suerte de dislexia mezclada con serios problemas de dicción; quizá haya nacido con ese problema, pero me doy cuenta que todo empeorará a partir de este día. Solo se que estoy muy avergonzado, y ya no quiero estar nunca mas con gente, ni en público, ni que me vean, y mucho menos hablar delante de alguien mas. Me dirán introvertido, tímido, antisocial y alguna maestra arriesgará que sufro de un leve autismo, recomendando terapia. Mis próximos años no serán mucho mejores que este día.

Por supuesto que regreso al colegio al día siguiente; mi madre seguirá peleando contra el cáncer y en dos años más conoceremos al Señor Jesucristo y la vida de la familia Gebel cambiará radicalmente. Pero cuando veo a aquel niño de cinco años con sus pantalones orinados, me cuesta pensar que se transformará en un adulto que le hablará a miles de personas en distintas partes del mundo.
Ahora que lo pienso, supongo que el enemigo ya pensaba en silenciarme para siempre por aquellos días. En vez de eso, permanecí muy callado gran parte de mi niñez, me dediqué a dibujar mucho, a leer cientos de libros y un buen día, una zarza se encendió en mi solitario desierto y me envió a libertar de la esclavitud a miles de jóvenes. Nunca te rías del niño con los pantalones orinados que camina avergonzado mirando el suelo…podría ser un hombre de Dios en muy pocos años.

Escrito por Dante Gebel

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