31

Ago

2015

¿Qué decir en el funeral de un no creyente?

Qué-decir-en-el-funeral-de-un-no-creyente-Por-José-Olivares

 
Estar frente a hombres y mujeres llenos de luto y dolor, con botellas de alcohol en sus manos, esperando al cura y no al pastor, preparados ya para el entierro, y con su esperanza puesta nada menos que en el purgatorio. Vaya experiencia la que Dios me permitió tener.

Al llegar la invitación para hablar frente a ellos, llegó con ella la pregunta, “¿Qué podré decir?”.

Cualquiera que sea la situación, desde un servicio dominical hasta un cumpleaños, pasando por un funeral, predicar es al mismo tiempo una obligación, un privilegio, y una responsabilidad enorme. Y no porque uno deba “cumplir” con las personas, sino porque debemos honrar a Dios con ello y hablar de Cristo “a tiempo y fuera de tiempo”. El compromiso es siempre el mismo. Los creyentes debemos predicar el evangelio en toda ocasión: lo mismo en las calles que en las cárceles, en las fiestas que en los funerales, igual a una persona que a una muchedumbre. Y el mensaje es siempre el mismo: el poder de Dios manifestado en el evangelio de Jesucristo.

Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego (Ro. 1:16).

Sin embargo, aunque el mensaje es siempre el mismo, una ocasión como la que describí al principio debe ser abordada con cuidado y respeto. Predicar en el funeral de un creyente no es igual que hacerlo en el de un incrédulo. En el primer caso hay esperanza, en el segundo hay desaliento y desconsuelo. Ante el féretro de un incrédulo, nuestro mensaje no debería enfocarse en el destino del que partió, sino en el presente caminar de los que siguen vivos. Ellos aún tienen esperanza.

Jesucristo no dijo “Yo soy el cielo”. Él dijo “Yo soy el Camino”. Nadie debería amar solamente el destino, sino sobre todo, amar el Camino. En el funeral de un creyente es prudente y deleitoso hablar del Camino por el que anduvo el que murió: no meramente hablar de sus obras, pues nadie es salvo por su conducta o su religión; ni siquiera hablar de la calidad o del tamaño de su fe, sino sobre todo, hablar de Aquel en quién depositó aquel hombre su fe. Entonces, ¿qué decir en el funeral de uno que, casi seguro, no anduvo por ese Camino?

…porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan (Mt. 7:14).

Una cosa es cierta: frente al ataúd del incrédulo, al igual que frente al del creyente, el objetivo de la predicación no debería ser el luto en sí mismo, sino el evangelio, el Camino y no el destino, la Verdad y no la religión, Cristo y no las obras.

Cuando Dios nos da la oportunidad de predicar, debemos aprovecharla. Un funeral no es una excepción, sino una ocasión extraordinaria para proclamar el evangelio. Aún cuando alguno se ofenda, no asistimos allí para mentir sobre el destino del fallecido, ni para dar falsas esperanzas, sino para hablar del Camino que aún pueden transitar los presentes. “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (Lc. 20:38). Y, aún corriendo el riesgo de que algún deudo se incomode con el mensaje, proclamar la verdad nos permite “tener siempre una (limpia) conciencia ante Dios y ante los hombres” (Hch. 24:16). Nuestro compromiso, al final, solo puede ser con la Verdad. Para eso nos lleva el Señor a semejantes situaciones.

Dios nos ayude para decir sin temor, en tales ocasiones, lo que debemos decir: que el hombre sin Dios, a fin de cuentas, está muerto en sus delitos y pecados, que no viene a Dios porque no puede, y que no puede porque no quiere, porque es esclavo del pecado, y que Dios, mostrando su poder, puede resucitar a ese muerto para atraerlo hacia Él en arrepentimiento y fe, habiendo pagado ya Cristo en la cruz sus delitos, revistiéndolo de Su justicia para vida eterna. Ahora, así como oramos a Dios nos ayude a no atemorizarnos, así oramos que nos dé gracia en nuestras palabras. Nuestra labor no es agregar dolor a los que ya están sufriendo, sino apuntarles a Aquel donde pueden hallar descanso.

Es el evangelio, y nada más, lo que debe sonar en el funeral del incrédulo. Y en el del creyente. Debe ser Cristo y solo Cristo. A eso estamos llamados. Predicar del destino y no del Camino hará que alguno sienta pánico por el infierno pero no temor al Santo Dios, hará que la gente ame la idea de ir al cielo —donde no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor— pero no a Jesús; que ame el resultado y no la Causa, el beneficio y no al Benefactor.

Al final todo proviene, transita y desemboca en Dios y en Su Hijo Jesucristo, “que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino” (2 Ti. 4:1).

Escrito por ​Jose Olivares
Jose Olivares es el pastor titular de Seguidores de Jesus, plantador de iglesias, y fundador del Colegio Reformado de Teologia en New York. Está casado con América y es padre de tres hijos. Puedes seguirlo en twitter: @pjoseolivares.
 
Fuente: http://www.thegospelcoalition.org/coalicion/article/que-decir-en-el-funeral-de-un-no-creyente-coalicionresponde

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